Podemos no colaborar con su sistema y construir un sistema alternativo.

Vivimos un tiempo extraño en el que poco parece funcionar como debiera. Pese a toda nuestra tecnología y al conocimiento científico, pese a nuestras inmensas capacidades organizativa y productiva, este planeta se está convirtiendo en un lugar ingrato en el que el sufrimiento se extiende y se multiplican los conflictos.

Nosotros, los privilegiados occidentales, los beneficiarios del actual orden económico del mundo, no lo percibimos y ante los incuestionables síntomas reaccionamos mayoritariamente con incredulidad, indiferencia o impotencia, sin atender ni a una sola de las verdaderas prioridades.

No es que no reaccionemos ante el cambio climático, al esquilmado de los océanos, a la deforestación de las selvas, a la pérdida de biodiversidad… causadas por nuestro modo de vida occidental; sino que ni siquiera actuamos contra la hambruna extrema de 900 millones de personas en este planeta, ni atendemos a los millones de refugiados desplazados por nuestras guerras porque sí, son nuestras guerras, las que empezamos nosotros, los occidentales, ‘cargados de razón’ en el falso nombre de la justicia, de la libertad, la democracia o de la misma paz. Ni siquiera ante el ébola, aquella pandemia que pudo causar millones de muertos, movilizamos ni una mínima parte de nuestros inmensos recursos porque toda nuestra atención, toda nuestra capacidad, estaba dedicada a sostener el sistema financiero ‘occidental’. Y nos limitamos a cerrar nuestras fronteras y mirar a otro lado, incómodos con la escena que nos mostraba que pese a todas nuestras quejas y protestas somos, nosotros, sí, todos nosotros, los privilegiados beneficiarios del perverso sistema que provoca tanto sufrimiento y caos.

No dirán nuestros medios de comunicación que la propagación de aquella terrible enfermedad fue facilitada por el mismo Fondo Monetario Internacional que intenta limitar nuestras comodidades, cuando obligó a aquellos depauperados países a ‘recortar’ sus ya ínfimos sistemas sanitarios. Ni difundirán nuestros medios de propaganda que fue una legión de voluntarios cubanos la que acudió a ayudar, y arriesgando sus vidas salvaron no solo a los pocos miles que atendieron, sino a los millones que se hubiesen contagiado si se hubiese permitido la extensión de la enfermedad. No estuvieron solos… contaron con la colaboración de China, que también envió equipos médicos, varios de cuyos miembros murieron. Nunca declaramos por ellos el luto ni hicimos el drama que sí hacemos por los soldados ‘de la democracia’ que caen luchando por la ‘libertad’…

El hambre de vastas zonas del mundo, la esclavitud que en el Congo escava los minerales de nuestras modernos tecnologías, y la inmensa mayoría de los conflictos que asolan la Tierra, son también nuestra responsabilidad occidental.

Imponemos una Organización Mundial de Comercio que es en realidad la forma moderna de administración colonial; y extraemos, gracias al Fondo Monetario Internacional, todo el jugo de continentes enteros para acumularlo en uno u otro paraíso fiscal.

Si se promueven iniciativas contra el tráfico de armas que alimenta los conflictos, nosotros, los occidentales, Europa y los Estados Unidos, las vetamos. Si se intenta investigar las actividades criminales de algunas de nuestras corporaciones en según qué parte del mundo, las bloqueamos. Si se pretende limitar la fuga ilegal de capitales desde los países pobres a los ricos, votamos en contra; y así desdibujamos para el dinero las mismas fronteras que cerramos con muros y alambres para las personas, y conseguimos convertir en una maldición de miseria para otros pueblos el ser ricos en recursos. La lista de agravios es inmensa.

Podemos decir, y decimos, que es culpa de nuestros políticos y financieros, de su corrupción, avaricia e inmoralidad superlativas, y que nosotros nada podemos hacer. Y es, en parte, cierto. Pues somos conscientes de este orden criminal y no lo queremos. De hecho, nos oponemos a ello. Pero somos impotentes ante la enorme maquinaria de su control social y la red de intrincadas complicidades nos absorbe y nos disuelve.

Pocas, casi ninguna rebelión de esclavos en la historia, consiguió triunfar y sin embargo… Sin embargo la humanidad también ha conocido eras de avance y progreso y pese a esta turbia oscuridad quizás podemos, al menos, recordar que la luz existe y que, contra lo que dice el credo satánico, el hombre está más inclinado a lo bueno que a lo malo y que aprecia el amor, la paz y la solidaridad. Nosotros al menos los apreciamos…

Y aunque no podamos asaltar sus torres, quizás sí podamos socavar sus cimientos pues tenemos la inteligencia para inventar, y la capacidad y los recursos de la solidaridad. Podemos…

…Podemos no colaborar con su sistema y construir un sistema alternativo, desde la paciencia que siembra y cuida la brizna de hierba hasta que se convierte en árbol que da fruto, con la conciencia de que quien planta el jardín no es quien se sentará a su sombra. Lo que nos paraliza es la ficción, el engaño de nuestra era de que tenemos derecho a esperar efectos inmediatos.

Podemos, sin embargo, liberarnos de su dinero construyendo nuestro propio dinero, en pequeños mercados locales, de los que ya existen muchos en nuestro entorno aunque hasta ahora eludimos participar. No es una idea vana, sino una experiencia valiosa que en el pasado funcionó tan eficazmente que forzó al Fondo Monetario Internacional a ‘liberar’ temporalmente a Argentina, cuando más de dos millones de personas utilizaban esas monedas alternativas que, tras un lento proceso de años, ya servían para pagar todo, y se extendían con una proyección de alcanzar los siete millones de usuarios… Una moneda ajena al control político y bancario, que sin servir a la acumulación de riqueza y poder, era un eficaz instrumento de intercambio entre las personas para la mayor parte de su cotidiana actividad. Para poner límite al fenómeno el FMI permitió a Argentina volver a ‘funcionar’ en el mercado de capital convencional.

Podemos liberarnos de la obsolescencia programada, haciendo las cosas para durar y no para tirarlas, copiando esos talleres en los que personas comprometidas, asociadas como club de amigos, reparan gratuitamente los pequeños electrodomésticos, el calzado o las ropas, dándoles una nueva vida que reduce la contaminación y el consumismo vinculado a la industria corporativa.

Podemos cultivar esos huertos alternativos en los que asociaciones de amigos sostienen el trabajo del agricultor que periódicamente reparte entre todos la cosecha.

Podemos hacer una infinidad de ‘pequeñas’ cosas, que no solo nos proporcionan el ‘beneficio’ inmediato de un producto, sino la consistente satisfacción de la verdadera utilidad, y el placer asociado a la relación solidaria entre personas. Porque todas estas ‘pequeñas’ cosas ya se han hecho y se hacen, y han funcionado y funcionan en casi toda parte, una u otra, y es posible asociarse y participar y hacerlas crecer y enlazarlas en una red de iniciativas, de colaboraciones, de sutiles transformaciones al margen de ‘su’ sistema. Y no me refiero a lo económico, que también, sino principalmente a su maquinaria de propaganda y control social: podemos ‘unirnos’ relacionándonos entre nosotros en torno a actividades útiles, intercambiando opiniones, ideas, sueños y sustancia. Comenzar a plantar el jardín por el gusto del propio jardín, aun sabiendo que tardará tanto en crecer que no será a nosotros mismos a quienes refrescará su sombra.

Gustav Aklin

 

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