Un metro de nieve y un millón de abejas.

10 metros de longitud mediría el estrecho camino que los hombres y mujeres, pala en mano, habían buscado bajo cerca de diapositiva4un metro de nieve. Esa me pareció la distancia que recorrí, entre las altas paredes heladas y blancas, hasta la casa del millón de abejas. Era ingente la cantidad de nieve que me rodeaba, cuando decidí ir a visitar la casa de la miel. Bajé las escaleras para adentrarme a través de la senda estrecha, de barro y piedras, cubierta de hielo, con aquellos taludes marmóreos que sólo me autorizaban ver, si el miedo a resbalar me permitía mirar a lo alto, el azul del cielo a través de cúmulos enormes trasladados por un diurno viento reconfortante.

Más tarde, sólo vería las miles de estrellas de la medio oscura y fresca noche, que iluminaban mis primeras experiencias, con el ligero sobresalto, ante el desconocimiento, al oir, por primera vez, el aullido del lobo provocado por la aparición de la luna llena, que los cúmulos dejaban entrever de cuando en cuando, excitando al animal más admirado por mí desde muy temprana edad.

En un pequeño pueblo, enero de 1953, laMayor dió a luz, en la casa de elMaestro, al 7º de sus hijos, y, poco después, me presentó al cura, ser omnipotente de la época, habitante de una nebulosa, propuesto, promocionado y defendido por los poderosos, acérrimo defensor de las hostias opresoras, que le daban de comer y le proporcionaban el poder sobre el espíritu, para dominar a la plebe, con la permisibilidad y connivencia de los caciques. El descendiente de hechiceros milenarios, sucesor de los apóstoles,  carnero viejo, observó detenidamente a mi madre.

laMayor, primogénita de entre 9 hermanos huérfanos, ella con 17 años, de padres desaparecidos con menos de 50, me acariciaba a mí, su hijo, a sus expertos 32, educados en la dictadura eclesial y política, con una mano blanca y tierna, a pesar de trabajada.

Y, entre todos, regido por acuario, como en una nebulosa, estaba elMaestro, aquél que todo lo observa, lo entiende, lo soporta, lo digiere y sigue adelante, mientras enseña a sus alumnos, hijos de los prebostes médico, alcalde, cura, hijos de enemigos, de amigos, de inconscientes, de olvidados, de cobardes, de deudores, de acreedores, de familiares, de envidiosos, de ignorantes, de malvados, de infelices, de oprimidos…, con la soledad que, en aquella sociedad, ofrece la sapiencia, la sabiduría de la vida, el conocimiento del por qué de las cosas, sólo en la penumbra y en la luz, intentando hacer ver en la oscuridad, sabiendo que sus alumnos, sean hijos de quienes sean sus padres, si salen de la oscuridad y ven la luz, dejarán de odiar, será más fácil para ellos amar, dejarán de creer en sus señores, reminiscencias o sucedáneos de la edad media, sabrán cómo dirigir sus pasos en la vida, de forma que, incluso los animales hijos de animales, podrán llegar a ser dignos, serán capaces de amar a sus congéneres, podrán entender la geometría de la vida, se interesarán por conocer otras ideas, querrán conquistar el mundo a su alrededor, dejarán de ser esclavos. Y así murió, más adelante.

La estrecha senda entre un metro de nieve, también se dirigía al monte. En el mismo momento que yo bajaba las escaleras, elMaestro, que no me vió, iba camino del bosque Papá!, le llamé Lobo y luna llenadesde mitad de las escaleras de la escuela, él se volvió unos segundos, sufrimos con la mirada al no poder estar juntos, yo por no ir andando al lado de mi padre, él porque sabía que yo quería conocer al lobo, él, de nuevo y más que yo, por no poder presentármelo tan pronto.

1954, empezando a vivir y aprendiendo deprisa, a mitad de un otoño generoso en abundancia de verdes praderas, tierras negras aradas poco antes por hombres y animales musculados, hermosos negrillos serpenteando en las veredas del camino desde el río, sebes de exquisitos endrinos y riquísimas moras, salpicadas por vigorosos chopos amarillos, espléndidos robles y las centenarias encinas en las estribaciones de la colina, fabulosos nogales, perales, manzanos, cerezos, ciruelos, en las huertas de los esclavos. Un escondido avellano virgen, camino de Juan del Mar. Y una moral donde esconderte.

Cuando las amarillas hojas de las choperas yacían en el suelo, formando parte del lecho embarrado de los caminos, queriendo participar en la creación abonada de nueva vida en las torres de las que cayeron, la nieve, rápido se acercaba el invierno, inundó las cercanías de la escuela y, cuando salí por primera vez, por mi propio pié, del habitáculo donde nací, la escuela-casa de elMaestro, caliente de amor, sita en la cuesta principal del pueblo, cercano a la montaña nororiental, hambrienta de amor, donde vivían mis 5 hermanos, elMaestro y laMayor, con algunos de sus hijos atendidos por hechiceros de almas, todos sujetos a la intemperie de la época, excluida del amor, dominada por poderosos ante la ignorancia del pueblo, al que intentaba enseñar a vivir elMaestro, rebosante de amor, con año y medio de vida, mientras azotaba mi semblante un frío blanco y azul que adoro, descubrí la senda de la nieve, que me condujo hacia el penetrante olor de la miel.

Y conocí la abeja por primera vez.

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